[Tutorial] Robo de identidad en redes sociales, ¿qué hacer?
Quizás pueda parecer exagerado pero según el observatorio europeo, el 4% de los ciudadanos de la Unión Europea fue víctima de robos de datos personales y/o suplantaciones de identidad, cifra que aumenta en los casos de España y Bulgaria con un 7% de los internautas de estos países. De hecho, para que tengamos en cuenta la gravedad de la situación, el 3% de los internautas europeos sufrió pérdidas financieras debido al uso fraudulento de su tarjeta de crédito o a ataques de phishing (con Letonia a la cabeza con un 8% de sus internautas).
Pensemos que nuestros perfiles en Facebook y en Twitter, de alguna forma, son también nuestra tarjeta de presentación y, en unas manos inadecuadas, podrían causar un gran daño a nuestra reputación; es por ello por lo que debemos extremar las precauciones para evitar que esto suceda y, si tenemos la mala fortuna de ser víctima de una suplantación de identidad, actuar rápidamente para mitigar el daño causado y atajar el problema lo antes posible.
¿En qué consiste un robo de identidad?
Un robo de identidad consiste en el acceso no autorizado a alguno de nuestros perfiles, nuestra cuenta de correo o a nuestra cuenta en la banca online, es decir, cuando alguien consigue nuestro usuario y contraseña en un servicio o es capaz de averiguar nuestra clave o la respuesta a la “pregunta secreta”.
El robo de identidad es mucho más antiguo que las redes sociales, de hecho, ocurría si a alguien le robaban su documento de identidad o su tarjeta de crédito y, por ejemplo, realizaban compras en su nombre. Sin embargo, la extensión del uso de servicios online ha propiciado la aparición de robos de identidades digitales, ya sea para espiar lo que hace/dice alguien, manchar su nombre, suplantarle o robarle datos confidenciales.
¿Cómo pueden robar el acceso a nuestra cuenta?
Un despiste, por ejemplo, puede propiciar un acceso no autorizado a alguna de nuestras cuentas. ¿Despistes? Sí, por ejemplo, dejarnos la sesión abierta en un equipo de uso compartido o dejar nuestro equipo con sesiones abiertas en el navegador y dejar que alguien lo utilice (sin nuestra supervisión), acciones a las que no les damos importancia pero que implican la exposición de nuestras cuentas a un tercero.
Al igual que avanza la tecnología, también avanzan los métodos que siguen estos “ladrones digitales” para intentar acceder a nuestros datos. FireSheep, que nos aterrorizó el otoño pasado, no fue más que un aviso que realizó un experto en seguridad que nos mostró lo vulnerables que éramos en un congreso, en una cafetería o en un hotel en la que la red inalámbrica no estuviese cifrada.
Pero, quizás, el mayor de los riesgos esté en nosotros mismos. Una mala política personal de contraseñas puede ser un problema para la preservación de nuestra identidad digital. Usar la misma contraseña en todos los servicios web en los que estamos registrados en un gran riesgo, básicamente, porque si se compromete uno, todos lo están. Este es uno de los fallos más comunes que junto a compartir la contraseña con amigos y/o familiares, apuntar la contraseña en las notas del móvil o en un papel que guardamos en la cartera y poner una obviedad en la respuesta de las “preguntas secretas” son malas prácticas que comprometen nuestros datos. Ponérselo complicado a estos “amigos de lo ajeno 2.0” está en nuestras manos y la contraseña es algo que definimos nosotros mismos.



